Sólo los flojos son pobres

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Desde las 4 de la mañana, algunos acompañados de sus hijos o hijas, incluso de toda la familia,  se trasladan a los comercios ubicados a la orilla de la carretera, que abren a esa hora para venderles café o alimentos, mismos que para las 2 de la tarde estarán comiendo, con la espalda mojada de sudor y risas que a veces son superficiales en un intento de olvidarse del trabajo tan pesado.

Las y los jornaleros agrícolas muchas veces migrantes, que laboran en las diferentes plantaciones en nuestro estado, pero particularmente en el municipio de Tecomán, tienen sin lugar a dudas uno de los trabajos más agotadores y paradójicamente de los más mal pagados, sin olvidar que su seguridad social es inexistente.

Trabajando en actividades que reclaman un esfuerzo físico impresionante, con jornadas de hasta 12 horas, las y los jornaleros empiezan su día desde las 4 de la mañana, hora en la que se preparan para ser trasladados en camionetas, camiones, y en todo lo que pueda transportar personas aunque se tenga que prescindir de las medidas mínimas de seguridad.

Los sembradíos o plantaciones en las que trabajan se encuentran a las orillas de los centros urbanos, al igual que las viviendas de un gran número de jornaleros -en el caso de los migrantes, se disponen albergues en condiciones tan precarias como su vida misma-, lo que lleva a una exclusión social a este sector de la población: siempre en las periferias, como empujados por un ente invisible cargado de indiferencia, mero interés económico y mercantil, carente de sentido humano.

La pobreza se respira, se siente, se sufre y sobre todo se observa cada vez que se enfilan para dirigirse por enésima vez a una rutina que los agota día con día, arrebatándoles esperanza y afianzándoles con un peso de hierro la idea de que éste mundo ha sido creado para, en el mejor de los casos, sobrevivir. Se hace pues lejano, imposible, un futuro digno, donde no se sufra y en el que se tengan posibilidades reales de mejorar.

Las mujeres y hombres que laboran en el campo con tales jornadas y en dichas condiciones son los últimos a los que les podríamos decir flojos o “huevones”; trabajan y lo hacen con dimensiones gigantes, pero viven en la pobreza.

Tal vez el ente invisible que impone todas estas condiciones deplorables es la mano del mercado, de la que orgulloso y de manera airosa y positiva hablaba Adam Smith.

Las miradas asaltadas por la desilusión y el sudor con el que diariamente se riegan las tierras tecomenses -y de cada rincón del mundo- son pues una mercancía más, que a su vez sirven para llevar alimento a las mesas de los consumidores que puedan pagar.

Es una brutalidad alimentar el falso argumento que reza “sólo los flojos son pobres”, porque en este modelo neoliberal e inhumano los que más trabajan son los más pobres y revertir tales condiciones no es un objetivo de las instituciones gubernamentales, ya que estas se asumen orgullosamente como neoliberales.

La tarea debe ser asumida por las organizaciones políticas de izquierda, redes ciudadanas, asociaciones civiles y de la organización popular, porque de otra manera, las instituciones gubernamentales optarán por las fracasadas medidas paliativas.

Así pues, en millones de casos, ser pobre no es la condición de quien carece de empleo, mucho menos en América Latina y en los países periféricos de todos los continentes, enfermos del cáncer que se hace llamar sistema capitalista, en que difícilmente el pobre dejará de ser pobre.

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