Chorreando lodo y sangre 

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Un auto gris se movía por las eternas curvas de una carretera. Los árboles, abundantes y verdes a morir, cruzaban su ramas casi formando un túnel sobre nosotros. Mi padre, aventurero como siempre y excelente conductor, hacía el camino inverso de Manzanillo a Colima por la vía larga que atraviesa las imponentes montañas de la región de Minatitlán. Aquí y allá veíamos arbustos de cacao, conocidos hasta entonces por mí solo en los libros, lloraderos de agua, aves que cruzaban a toda prisa la cinta asfáltica. Y luego, poco antes de llegar a la cabecera municipal, la mole gris en lo que antes había sido un cerro tan verde como sus vecinos: la minera Peña Colorada, como monumento a todas las muertes, las desapariciones y la destrucción de la zona en nombre del capitalismo extractivista.

Carlos Marx escribió que el Capital vino al mundo chorreando lodo y sangre por todos sus poros. Las y los habitantes de Ayotitlán, en lo alto de la Sierra de Manantlán, dan testimonio de ello: el lodo de más del 90% de su territorio ancestral arrebatado a lo largo de los siglos y la sangre de al menos 35 personas asesinadas, 3 poblados desalojados a la fuerza y 3 personas desaparecidas en las últimas décadas han sido el líquido amniótico en el que se ha gestado la extracción indiscriminada, primero de maderas preciosas, y luego del 30% del hierro mexicano, con cargo a la salud y a la vida de los ecosistemas y las comunidades.

Las personas mayores de Ayotitlán consideran una matanza como el inicio de la invasión de los intereses económicos sobre sus tierras. En 1920, el hacendado Juan Arias, su hijo de mismo nombre y Carlos Fernández partieron de Minatitlán, atravesaron los cerros donde ahora se asienta la minera y cruzaron el río Marabasco hasta el Llano de Timbillos para asesinar a 13 indígenas nahuas que se negaban a entregar sus tierras para la expansión de la hacienda “El Cacao”. Sus cadáveres fueron colgados y exhibidos a manera de advertencia para quien se atreviera a oponerse a ellos.

Años más tarde, en 1951, a inicios del frenesí industrializador de la economía mexicana, el poblado nahua de Tenamaxtlán fue arrasado y muchos de sus habitantes asesinados para dar paso a las empresas que pretendían extraer madera. Las comunidades señalan como responsable de la orden de muerte a Marcelino García Barragán, anterior gobernador de Jalisco y secretario de la Defensa durante la matanza de Tlatelolco. Burlas trágicas de la Historia y de la memoria conmemorativa burguesa: el municipio al que pertenece el territorio indígena de Ayotitlán lleva por nombre Cuauhtitlán de García Barragán en honor al sirviente genocida del capital maderero.

Sangre y más sangre chorrea en la Sierra de Manantlán por culpa del latifundismo dirigido por los caciques locales de principios del siglo XX, el desarrollo estabilizador orquestado por el Estado de los años cincuenta y el extractivismo neoliberal a manos de los empresarios mineros extranjeros del siglo XXI.

Este domingo 9 de agosto, las autoridades indígenas de Ayotitlán y algunas organizaciones sociales aliadas se reunirán para recordar el centenario de la matanza de Timbillos y colocar en ese sitio la primera piedra de una capilla dedicada a San Romero de América, obispo subversivo contra la dictadura salvadoreña. En tiempos de nuevos ataques del consorcio Peña Colorada y las autoridades municipales para expandir la superficie de la mina, conmemorar este terrible hecho tendrá un significado mucho más grande que el simple recuerdo nostálgico: será un acto claramente político en el que los cuerpos de los vencidos de ayer bajarán de los árboles donde fueron colgados, se encarnarán en las decenas de brazos que luchan y saldrán a atemorizar a los poderosos de hoy con el estruendo de lo aún posible. “Y sin embargo, el fantasma sigue sonriendo, porque la historia no ha terminado y la eternidad no es de este mundo”.

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