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Decido ir. Nuestras entradas dicen sombra norte. Llego y percibo: aromas, sonidos, emociones. Se me antoja ponerme la camiseta con la bandera. Mi acompañante me dice que no: “conozco a mi pueblo” me dice. Yo le hago caso, aunque estoy con el requemor de usarla.

Cuando elegimos un lugar y nos acomodamos, vimos los hinchas tricolores. Muy lejos de donde estoy yo. Ya es muy tarde para cambiarnos de lugar. Implica salirnos y volver a entrar por otro lado.

Mejor nos quedamos. Luego, nos movemos más arriba, con el pretexto de la lluvia. En realidad, a mi acompañante le molesta que los vecinos estén fumando.

Encontramos dos lugares desocupados y ahí nos acomodamos.

Salen los equipos a calentar el cuerpo. Cuando los mexicanos aparecen, el grito unánime de los salvadoreños es “¡hijos de puta! ¡hijos de puta!”. Estar en medio de esas expresiones tan eufóricas, me hacen dudar de ponerme la camisa tricolor. Luego llega un señor con camisa verde a la zona y todos empiezan a gritar “¡camisa! ¡camisa! ¡camisa!” En un minuto, todo el estadio corea la misma letanía. Al tiempo que gritan, le avientan objetos, comida y un líquido amarillento que no creo que sea cerveza. El hombre opta por quitarse la camisa y le aplauden, igual, le gritan: “¡mexicano, culero, culero! ¡mexicano culero, culero!”. Tomo mi decisión: no me pongo mi camisa.

La parte del estadio más brava, dicen, es sol general. Los locales le dicen Vietnam. Ese lugar no es apto para menores de edad ni para mujeres, dicen. La agresividad es alta, las manifestaciones de apoyo a la selecta son más agresivas.

Regresan los equipos a los vestidores. Luego salen, uniformados, a cantar sus respectivos himnos nacionales. El mexicano primero. Nadie lo escucha. Todos gritan al unísono lo que gritaban al principio. Unas mexicanas en un palco detrás nuestro sí lo cantan. Los hombres que están a mi alrededor les dicen “¡Culeras!” y les hacen señas obscenas. Ellas responden con el puño levantado. Después se canta el himno salvadoreño. Se escucha en todo el estadio.

Empieza el partido. Entra el gol de El Salvador. El público está eufórico. Voltean al palco, donde las mexicanas; les enseñan las camisas salvadoreñas “¡quítate esa camisa verde y ponte esta, culera!”, les gritan. Las mujeres allá arriba solo ríen. El partido sigue. Se hace la ola y todas esas cosas que pasan en un partido de fútbol.

Termina el primer tiempo. Venden plátanos fritos, unas súper tortas, refrescos, cervezas, cigarros. Se oye la música de la afición salvadoreña.

Empieza el segundo tiempo y se oye un rugido en el estadio. La gente está emocionada.

Pronto se acaba el clamor. Los mexicanos meten gol. “¡Puto!”, le gritan. Yo grito lo mismo, por no poder gritar “!gooooool¡”.El estadio se queda en silencio. Después entra otro gol mexicano. Ahora los hijos de puta son los jugadores salvadoreños. Desde las tribunas le dicen al director técnico que cambie los jugadores. Todos opinan lo que los jugadores deben hacer. Putos son los que meten gol, hijos de puta son los de La Selecta. Después del segundo gol, se van los hinchas azules y blancos. Se pelean al ir bajando. Los policías los desalojan. Los demás, que quieren ver el partido hasta el final, les aplauden.

Antes de que el partido termine, más de 50 policías llegan a rodear a los diez mexicanos de platea, para ayudarlos a salir del estadio.

Termina el partido. Llueve en San Salvador. Hoy no se cumplió el dicho salvadoreño “al mundial no vamos, pero a México le ganamos”. Me pregunto si alguien se da cuenta que, al final, esto es solo un espectáculo, donde los únicos que ganan son los empresarios dueños de las federaciones, de los estadios, de los jugadores, de los uniformes, de los balones. Que a todos ellos, poco les importa quién gana o pierde, mientras los estadios se llenen de gente y todos compren sus entradas. Me pregunto si se enteran que a los jugadores y a sus dueños, lo único que les importa es el dinero que la gente, mexicanos, salvadoreños o de la nacionalidad que sea, estén dispuestos a gastar para ver un partido de futbol. No sé si sabiendo eso, las personas dejarían de pelearse por el color de las camisetas o incluso, dejarían de ir a los estadios. No lo sé. Lo que si se es que definitivamente, el partido es mejor en vivo, con todo el sudor compartido y toda las emociones que fluyen en todas direcciones.

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