Colima de película: Un nuevo episodio

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Como en secuencia de película, el atentado contra Moreno Peña marca dramáticamente un revuelto proceso de cambios en las mecánicas de poder de la sociedad colimense. La caída de la mayoría priista en el Congreso, el ascenso de la revancha panista, el fracaso del experimento anguianista y los nuevos gobiernos locales, son algunos indicadores de una posible recomposición del sistema político y sus élites.

La opinión pública se compone de fetiches, y como si la película fuera de Western o Ciencia Ficción, aparecen los fantasmas de las fuerzas políticas que hoy detentan los mayores espacios de poder: Jorge Luis Preciado y Fernando Moreno.

Sin embargo cuesta creer -como lo asumen firmemente muchos actores políticos curtidos por el desdén y los cabildeos de restaurante- que los eventos más relevantes para el sistema político puedan reducirse a una contienda de caciques y capos: las resoluciones de organismos y tribunales, votaciones parlamentarias, composición de gabinetes, políticas públicas y hasta atentados.

Pero si la opinión pública se caracteriza por el fetiche -y en este sentido la ingenuidad-, en la clase política esto se funde con un nihilismo donde siempre hay una sospecha detrás de toda empresa pública, detrás de toda noble causa o detrás de una manifestación colectiva. Para este tipo de políticos simplemente no existe la convicción propia.

Y es que la sociedad política colimense (al menos sus altas capas), por más cosmopolita y moderna que se declare, no deja de comportarse como si viviera en una Hacienda compuesta por señores y círculos de nobles que viven de la riqueza, los honores y el rumor permanente para conservar su estatus y privilegios.

Es entonces que se entienden los pomposos escenarios donde toman protesta legisladores, alcaldes y funcionarios de todos los niveles, donde en primera fila están los otros compañeros políticos, y si se corre con suerte, hasta el último está el pueblo. A pesar de que la temperatura ambiente supere los treinta grados centígrados, es necesario ir de traje y corbata, vestido de etiqueta, peinado y hasta maquillaje de salón.

La clase política se autorefiere en sí misma, no necesita volver a las calles hasta próximas elecciones en puerta.

Para quienes asumen que la forma es fondo, el arranque de un nuevo ciclo o una nueva secuencia en el sistema político colimense no motiva demasiado: los eventos con más atención por parte de los políticos no salen del palacio, y la opinión pública sigue desencantándose.

Esto no es una actitud negativa o desencantada, hay una gama de posibilidades bien interesante germinando en nuestra sociedad que va desde los que sin mucho éxito siguen promoviendo el ciclismo urbano como forma de transformar la ciudad, los colectivos declarados autónomos que buscan tejer nuevas relaciones sociales, las nuevas formaciones políticas que debaten sus convicciones con las reglas de un juego que denuncia o las emergentes redes de asociación vecinal frente a la profundización del déficit de la calidad de vida en la ciudad.

En este cuadro también caben nuevos legisladores y representantes locales que son jóvenes o tienen poca trayectoria en la política instituida, y eso los hace atractivos por su falta de compromisos, pero también porque seguramente no acarrean el desencanto de los viejos lobos de mar. Este tipo de políticos se encuentran a la deriva de ser absorbidos por el nihilismo de las élites o acercarse a un conjunto de fuerzas de cambio que poco esperan de ellos.

Se anuncian cambios, aunque posiblemente nada cambie.

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