El pensamiento crítico estudiantil y la sociedad de hoy

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I PARTE

Introducción

Después de los agitados meses en torno al proceso electoral, regresé a la facultad con la sangre hirviendo por el despertar juvenil que la pasada coyuntura había provocado, sin embargo, me topé con pared al encontrar en mis compañeros de escuela una desinformación, una indolencia y una apatía tan grandes que me parecía irreal y desacorde a lo que se manifestaba en las redes sociales.

¿Qué sucedía con estos jóvenes de la misma edad que yo, inmersos en la misma realidad, pertenecientes a la misma universidad, al mismo país, tiempo y mundo?, ¿No tenían acceso a las noticias, no conocían lo que estaban sucediendo, no tenían el tiempo para involucrarse, no habían recibido la misma educación?

Pues no parece ser un hecho aislado sino una característica de la sociedad en la que vivimos.

 

Los jóvenes postmodernos

¿Dónde quedaron aquellos estudiantes críticos de mediados del siglo XX? ¿Qué pasó con aquellos prestos a levantarse contra las injusticias y con una propuesta clara en sus manos? ¿Dónde están las utopías que perseguían aquellos que sin miedo a la represión salían a las calles y se organizaban en colectivos políticamente activos? Todas estas preguntas se responden con una misma palabra: Postmodernidad.

Se trata de un sistema ideológico que surge en las últimas dos décadas. Tras la caída del Muro de Berlín, esto es, la derrota histórica del socialismo “realmente existente” y el fin de la Guerra Fría y del mundo bipolar, se ponen en entredicho las grandes ideologías que inspiraron a las generaciones anteriores. Se abrieron las puertas así a la “Era de la desilusión generalizada en donde ya no se le encuentra sentido a la lucha ni al activismo organizado. Se le confiere valía solamente a la superación personal y al cambio individual –“primero cambia tú antes de pretender cambiar el mundo”-, hay una apatía por la participación política, delegando a otros esta responsabilidad a la par que cobran gran importancia la globalización y la tecnología. Es también la época de los valores contradictorios: mientras crece la preocupación por la ecología también crece el ansia de consumir. Los líderes ya no son aquellas personas que abanderan un ideal sino los atractivos visualmente, los show man o woman, promovidos por los medios masivos de comunicación que así como vienen, desaparecen.

Si antes eran los jóvenes la vanguardia en el pensamiento crítico, ahora son los principales representantes del postmodernismo. Los mercados se han dado cuenta de esto y, fieles a su oportunismo, han hecho de ellos los primeros destinatarios de sus productos, los cuales, mientras tengan acceso a los avances tecnológicos y se sientan parte del nuevo orden de cosas, no se interesarán en absoluto por lo que acontece ni mucho menos por dar solución a los problemas apremiantes. Lo que importa es lo inmediato, lo que dé placer ahora, no el futuro.

Víctimas del consumismo, del progreso por el progreso, de la enajenación cultural y de la manipulación mediática, los jóvenes se acomodan al sistema y permiten que los que lo controlan hagan lo que les plazca. Los estudiantes ya no van a las universidades para aprender y formarse sino para adquirir un título que les permita tener un empleo más o menos pagado. No hay metas a alcanzar más allá que las propias, no hay utopías que muevan a la acción, no hay ningún otro valor absoluto que el mismo individuo en su subjetividad.

La globalización de la cultura ocasiona también la pérdida de la capacidad crítica. Ahora, la mayor parte de la población tiene acceso a la información que se presenta de forma inmediata y digerida por medio de imágenes sintéticas, privando a la persona de realizar un proceso mental propio que le ayude a discernir qué es verdad y qué no, de acuerdo a una escala de valores sólida. Se tiene una confianza total en el Internet y la televisión, aceptando lo que ahí se despliega como dogma de fe. Ya no se siente la necesidad de conocer y comprender, y, si acaso alguien tiene despierta esta inquietud, será sólo por tener datos almacenados, como entretenimiento, pero no para interpretarlo y, a través de ello, suscitar un cambio. La pereza mental cunde entre nuestras instituciones educativas: sólo lo más sencillo, sólo lo más fácil.

 

(Continuará)

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