La risa idiota

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Eduardo Ramírez

 

Uno de los tantos rasgos comunes en todas las culturas es la expresión emocional, proveniente desde los albores de la humanidad y desde las profundidades individuales. La alegría en su forma estrictamente material se hace presente con la risa, acompañada con todos esos movimientos corporales y esos sonidos casi únicos en cada persona. En la realidad social la risa revela una intimidad que pocas veces se le otorga la atención merecida ¿Qué nos da tanta alegría de entre todas estas experiencias? La respuesta entraña la cuestión de nuestra actitud ante el mundo.

La risa se origina al notar que algo de la cotidianidad rompe su lógica, bien puede ser una lógica interna o una objetiva. Por ejemplo, cuando una persona con un porte de seguridad impecable y atuendos refinados tropieza o cae repentinamente al suelo solemos reír, porque la seguridad que le caracterizaba es quebrantada de tajo y ahora busca recuperarla a su alrededor. No obstante, el mismo suceso ya no causaría risa después de una repetición exhaustiva, debido a que ahora es algo incorporado a la realidad percibida. Al igual que en el ejemplo anterior, después de tantos años de ironías y sarcasmos sobre política, políticos y la situación a la cual nos han traído, se comienza a perder toda gracia relacionada por dos razones: ya nos cayó la factura de las consecuencias en todos los niveles de la irreflexión política y la evasión permutada en risas ha estallado.

Por regla general sabemos que hay tipos de casi cualquier cosa. Este caso no es la excepción, hay tantos motivos de alegría como estímulos. Estos estímulos se pueden agrupar en tópicos, de los cuales, por desgracia o por fortuna, la sociedad moraliza y dictamina de qué se debe reír y de qué no, pese a que en esencia la risa encarna la respuesta por excelencia del organismo ante la arbitrariedad del vacío, de la nada: es el placer de existir. Sin embargo ¿Qué hay entre el ser que ríe y la nada? Hay una historia personal llena de creencias, emociones, afectos, razones, voluntades, identidades, apegos… ¡El sinfín de la subjetividad! Subjetividad que se va construyendo con la esfera ambiental, socioemocional, cognitiva, cultural y política, desde la cual filtramos de manera muy fina los estímulos que nos darán gracia. Sin introspección, mucha de la historia personal es historia colectiva.

México es un país muy particular, los habitantes solemos reír básicamente de cualquier situación, arma de doble filo. Por un lado de la navaja tenemos una manera estoica de generar lo que hoy se denomina resiliencia, con ironía y sarcasmo asumimos y asimilamos la condición que se nos ha heredado, damos el trago amargo afirmando el sentimiento de traición nacional heredado y reproducido por décadas entre la mayoría de las familias: los políticos son corruptos y si alguno quiere hacer las cosas bien será asesinado. Trago amargo que en esencia es el razonamiento que Platón hace pronunciar a Sócrates en sus diálogos: “Es peor cometer una injusticia que sufrirla”. Lo cual eventualmente se convierte en un bien para los mexicanos que sufren injusticias y nunca las cometen. 

Por otro lado tenemos que esta alegría, esta risa, ya no tan pura sino matizada de incomprensión genera un estado de cosas en el que no se pretenden cambios. Se comienzan a repetir los patrones de la injusticia a otros niveles, se acepta e incluso se llegan a defender las posturas mediatizadas por los medios de comunicación convencionales, intereses personales y/o intereses del gremio de su predilección. La risa idiota se apodera de los individuos, crea la ilusoria superioridad derivada de la supuesta debilidad de los demás, con hostilidad se llega a negar al otro sea cual sea su condición, se olvidan las historias y sus implicaciones en todas las esferas. La risa idiota encarna un placer oscuro con afán de agresividad y destrucción, plagada de prejuicios se dirige a dividir.

Ya no es la risa sublime que emerge en la fiesta de los sentidos. Es la risa que estalla cuando la otredad rompe con la lógica interna a la cual está habituado, revelando la estructura cognitiva de este risueño irreflexivo. Su gracia es el infortunio de la mayoría, es el sesgo entre el que ríe idiotamente y la nada, su percepción no le permite ver la idéntica condición de todos.

La risa encausada más que reprimida es todo un acto revolucionario, es una excelente herramienta para plantar una actitud ante en el mundo: sólo en comparación con la nada todo es risible. De esta forma, la risa reflexionada lanzada al vacío como acto político permite tomar postura, discerniendo entre el absurdo y un puñado de sujetos enajenados con el poder y con la acumulación de bienes sinsentido. La gracia aquí reside en que con una piedra se pueden derrumbar las escaleras de cristal a las que se han subido, y que por supuesto ellos mismos crearon. Finalizaré el texto con una surreal imagen spinettiana: “Ya nada puedo hacer por él (El Idiota) / Él se quemará / Mirando al Sol / Y es esta la historia / Del que espera para despertar / ¡Vámonos de aquí!”.

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