Decisiones

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Todo en la vida consiste en tomar decisiones.

Desde que somos autónomos, tomamos decisiones. Cuando un bebé empieza a tomar cosas con sus manos, va eligiendo cosas, basado en los colores o los sonidos de esas cosas que llaman su atención. Después, cuando gatea, el bebé se acerca a aquello que le resulta interesante y va explorando su mundo a cada momento. Así sigue hasta una muy temprana infancia, donde empieza a haber diferenciaciones importantes por sexo. Los niños son educados para tomar decisiones, las mujeres, para acatar las decisiones de otros. Se piensa que las mujeres no saben tomar decisiones y es probable que eso sea así, porque la toma de decisiones es un proceso aprendido. Si no las enseñas, las mujeres no sabrán optar.

Se piensa que los hombres deben tomar decisiones. En ellos, debido a esta creencia, la autonomía crece con los años y les va permitiendo enfrentar la vida cotidiana a partir de las decisiones que se toman. Las mujeres, en cambio, por todo ese afán de cuidarlas, como objetos frágiles, se les niega el derecho de ser autónomas y es la sociedad en su conjunto y sus padres y familiares en particular, quienes van minando el fuerte impulso de tomar decisiones aprendido en la niñez temprana, el cual es muy necesario para asegurar la sobrevivencia de los bebés.

Al crecer, por deformaciones de tipo social y cultural, incluidas las ideas religiosas, se les va confiriendo a las mujeres un papel de objetos. Valiosos, pero objetos al fin.

A las mujeres hay que cuidarlas y son tan cuidadas, que ni siquiera se les deja pensar. Son protegidas hasta de sus propios pensamientos. Padres y madres se preocupan tanto por decidir por sus hijas que deciden que ropa han de ponerse, a que escuela deben ir, con quién deben relacionarse, con quién han de casarse, que deben decir en que momento y si no dicen nada, mejor, porque “calladita te vez más bonita” Decidir no está en el vocabulario de muchas mujeres en México. No es una tarea de las mujeres. Las mujeres tienen hombres que deciden por ellas. De adolescentes, sus padres y hermanos, de casadas, sus maridos y hasta sus hijos varones. Las mujeres han sido educadas para acatar ordenes. Obedecer es su privilegio, su camino a seguir. Eso les garantiza una vida digna y de “respeto”. Las mujeres buscan el cobijo de un nombre, de un apellido y prontas están a perder su propio nombre, a fin conseguir un poco de respeto. Las mujeres autónomas, aquellas que deciden por si mismas, son mal vistas. No se concibe en nuestra sociedades, mujeres que vivan solas y que vivan bien. Nos han hecho cree que las mujeres solas no son productivas ni son felices.

El proceso de construir autonomía en las mujeres es una tarea de los colectivos feministas, que ha derivado en luchas físicas y virtuales, originadas por la falta de comprensión de los objetivos feministas. La autonomía sirve para que las mujeres puedan crear responsabilidad y con ello, sean capaces de abrir sus propios negocios o de tener empleos mejor remunerados o simplemente, darse la oportunidad de experimentar cosas nuevas en sus familias, en sus relaciones de pareja, en el disfrute de su sexualidad, en la búsqueda de una espiritualidad sin religiones, en sus trabajos, en sus comunidades y en sus vidas.

¿Cómo estás educando a tus hijas? De lo que hagamos ahora dependerá el futuro de los hombres y de las mujeres de las nuevas generaciones. Yo quiero hijos e hijas autónomos y libres. ¿y tú?

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