De la APPO a Nochixtlán

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En el 2006 Lopez Dóriga comparó Oaxaca con Bagdad, y de hecho dijo que los manifestantes superaban en peligrosidad a los terroristas del medio oriente. Por medio de estaciones de radio pirata, en la capital de Oaxaca se difundía que los miembros de la APPO tenían sida y violaban personas en las calles. A la par de esta estrategia de propaganda, la policía federal y estatal intentaban desbaratar barricadas, destruir la infraestructura de comunicación del movimiento y de paso dejaron decenas de muertos.

A pesar de que el senado reconoció la situación de ingobernabilidad en Oaxaca, no se desaparecieron los poderes como era la exigencia del movimiento. Y entre barricadas, marchas, tanquetas y balazos, el estado mexicano y el movimiento popular se debilitaron. El segundo tuvo como opción replegarse mientras el estado, desafiado y fracasado, mutó en una máquina ofensiva bien aceitada por la estrategia militar y policial de Felipe Calderón.

Me parece que esta es la imagen que acompaña el mapa político posterior a 2006: un Estado cerrado y ofensivo, movimientos sociales replegados y élites políticas sumergidas en un espiral de crisis e inacabable transición. Los miles de muertos de los últimos nueva años no sólo son deudos de la guerra contra el crimen, sino en general del un Estado que opera en gramática de guerra.

La decepción post-electoral del 2006, el miedo que dejaron Atenco y Oaxaca, y la división de la izquierda entre autonomistas y electoralistas también acompañaron nueve años de intensos intentos de construcción de un proyecto político no sólo alternativo, sino viable en el corto plazo para afrontar la crisis económica y de derechos humanos y civiles en México.

Quizás es deseo más que realidad, pero me parece que Nochixtlán da signos de que este ciclo de Estado ofensivo y movimientos reactivos puede estarse agotando. Las estrategias de propaganda negativa por parte del oficialismo persisten y sin duda sobra quien las reproduzca, pero me parece que es cada vez menos gente la que se ve atrapada entre el odio a los manifestantes y las campañas agitativas que buscan hacer de los conflictos un trampolín a la revolución.

En Nochixtlán un conflicto puntual y gremial fue desbordado por la acción represiva del Estado, la atención de gran parte de México está ahí y lógicamente hay visiones encontradas. Como la política es de bandos puedo simplificar entre el México insurrecto (ese que quiere cambiar de fondo las estructuras de poder) y los defensores del régimen (esos que quieren cambiar la actitud de los ciudadanos pero no las instituciones).

En el México insurrecto puedo meter en el mismo saco a la CNTE, a la población de Nochixtlán, al zapatismo, a la ciudadanía “crítica” y hasta a la izquierda partidista, y no es porque todos sean iguales y porten el mismo objetivo, sino porque todos comparten las duras condiciones instaladas a nivel nacional desde el 2006, y ellos mismos participaron de su construcción.

Con una ciudadanía cada vez más cansada de conflictos y violencia, con un gobierno sin credibilidad y en medio de una red cada vez mas grande (y confusa) de comunicación e información se están rompiendo parte de los puntos de apoyo del estado cerrado y ofensivo que se generalizó desde el 2006. Faltará ver si los movimientos insurrectos y la acción colectiva giran sus estrategias, pero en todo caso la élite política ya se está reacomodando para afrontar las nuevas condiciones de gobernabilidad.

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