No hay marcha atrás

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Hoy me levanté sin muchas ganas. “¿Para qué levantarme?”, pensé, “si mis sueños están mejor que este país en el que vivo”.

Y es que en ese sueño, estaba cocinando para mi familia. Me veía en un lugar lleno de vegetación, donde el fogón estaba al aire libre. Apenas un techo libraba del sol, pero el viento entraba por todos lados, refrescando el espacio. En el sueño, el olor de la comida llegaba hasta la nariz, inundando el ambiente con aroma de ajos y cominos.

No sé qué cocinaba, pero mientras lo hacía, platicaba con mi gente, quienes esperaban sentados a la mesa mi comida. Conversábamos del clima, de los amigos, de las cosas que nos hacen felices, de un niño que metía los pies al agua (¿de quién era el niño? No lo sé, el sueño no dio para tanto), de las carcajadas de una mujer que estaba en el jardín de al lado de la casa.

La mesa estaba llena, todos los lugares ocupados, todo en el sueño se veían felices.

Por eso no quería despertar. La realidad de mi país me desbarata. Me acongoja. En México, con tantos millones de pobres, hay gente que no tiene nada que llevarse a la boca. Gente que trabaja de sol a sol y no le ajusta lo que gana para tener un plato de comida en su mesa, que se enferma de cosas que pueden ser fácilmente prevenibles, si se alimentaran bien.

En mi país, la cárcel está llena de pobres, muchos de los cuales,  por el pan de cada día, deciden delinquir. Este año hay dos millones más de pobres en México que los que había el año pasado. 9.5% de los mexicanos viven en precariedad extrema. Eso son más de 11 millones de mexicanos.  ¡y como no! ¡el salario mínimo, que es el que gana la mayoría de la gente, no ajusta ni para comprar la canasta básica! Más del 79% de los mexicanos son pobres. Esto es indignante.

La pobreza tiene límites. Las fronteras que detienen la conducta caótica de las multitudes se diluye cuando no se tiene con que alimentar a la familia. Las tuercas de nuestros gobernantes aprietan, aprietan, hacen dudar a las personas de protestar ante tanta injusticia, pero de tanto apretar, la maquinaria se trasrosca y cuando eso sucede, no hay marcha atrás. El único camino es la rebelión.

Pobres de todas partes, hartos de injusticia se plantean la posibilidad de modificar aquello que los lastima. Al no poder progresar, a pesar de portarse bien, cumplir las leyes, tener un trabajo o ir a la escuela, entienden que las oportunidades no son para todos, ni el empleo es bien remunerado y la universidad es un asunto inalcanzable, que la comida saludable cuesta mucho dinero y que los sueldos altos son solo para quienes transitan por encima del sistema, no para los que quieren encajar en él.

Si se aplica exceso de fuerza en la tuerca de la pobreza, los filos que sostienen el sistema se dañaran… ¿Hasta cuándo seguirán apretando los dueños de este país? ¿Hasta cuando les daremos permiso de que nos hostiguen y maltraten?… Mejor me hubiera quedado dormida. En mi sueño había comida.

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