¡Qué mala onda, se fue Gustavo!

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Óscar Martínez Rosales

El siguiente texto no hubiera sido escrito de no ser que el pasado 26 de junio falleció uno de los eternos muchachos de la literatura nacional, Gustavo Sainz. Estas palabras no son un recorrido extenuante por su obra, ni una carta de despedida o palabras fúnebres. Son apenas el esbozo de una semblanza a un periodo histórico cargado de significado y un novelista que escribió como resultado de esta.

Tras el final de la segunda guerra mundial, las relaciones que mediaban el mundo en esa mitad de siglo sufrieron un proceso de constante cambio. Las décadas siguientes fueron testigos de un sinfín de acontecimientos históricos y descubrimientos tecnocientíficos que  marcaron el paso de un camino de reconocimiento propio y ajeno.

Los grandes bloques socialistas y capitalistas ampliaron su influencia global y se enfrascaron durante décadas en una lucha ideológica y de constantes amenazas bélicas. El triunfo de la revolución cubana, la guerra de Vietnam y la oposición a ella, entre otros resultantes de la guerra fría, ejercieron una influencia ideológica en los movimientos civiles y artístico-culturales venideros.

La década de los sesenta del siglo pasado fue ese periodo que vio los cambios más grandes del siglo XX.  Es en estos momentos cuando vieron luz diversos movimientos civiles, protestas de diversos órdenes, conflictos armados y en general una serie de redefiniciones identitarias, culturales y políticas de múltiples sectores sociales y comunidades.

E.U. fue semillero de estos movimientos. A la par, naciones de Europa como Inglaterra y Francia, y diversos países de Latinoamérica, que por supuestamente incluyen a México, contaron también con fenómenos de la misma naturaleza. Las Panteras Negras, partido de la comunidad afroamericana en E.U, fundado en 1966, es sólo un caso de muchos otros movimientos que luchaban por el derecho a una participación más libre y activa en el tejido social y político, esto, como resultado de una redefinición de su condición.

El que hacer de estas y otras minorías, fueron un paso hacia el fin de años de desvaloramiento.

Los jóvenes fueron también una comunidad muy activa en este paisaje de cambios. En los años cincuenta la generación Beatnik dio el primer paso de la fuerte corriente contracultural que Estados Unidos vería nacer. Con rebeldía, los beat hicieron rápidamente una revolución al ambiente cultural norteamericano.

Posterior a ellos, y casi como herederos de la cultura beat,  surgieron los llamados Hippies, jóvenes que desafiaban los valores familiares y convenciones nacionales junto con el Rock and Roll, género que por su naturaleza y origen rompe con los estigmas de clase y de raza. La lucha de este nuevo grupo de jóvenes fue una especie de lucha no organizada, más bien recreativa. Sin embargo, simbólicamente desafió el status quo de lo que supuestamente eran los intereses y aspiraciones individuales.

Algunos otros jóvenes hippies, interesados en el quehacer político de manera más formal, pasaron a formar parte de la creciente nueva izquierda.

El hippismo y el fenómeno de la música Rock and Roll se repetirían en México gracias a la penetración cultural que se promovía a través de los grandes medios de comunicación: televisión, radio y cine, entre otros. Estos grandes aparatos de difusión ideológica harían llegar a los jóvenes otras alternativas de consumo cultural, en las que encontrarían la adecuada para hacerse escuchar.

En estos momentos México pasaba por una aparente etapa de estabilidad económica y comercial y el gobierno era portador del discurso del desarrollo. Sin embargo, había contradicciones entre una sociedad que en gran parte era aún tradicionalista, pero ya deseosa de apertura y democratización.

En la escena cultural y artística del momento la Revolución Mexicana hacía sentir todavía sus consecuencias. Por otro lado, los artistas y su arte celebraban una imagen del poder ya no ideologizada pero no por ello menos autoritaria.

Es en este momento, en ese círculo y contra estos valores, que diversos jóvenes seguidores del rock, experimentadores por naturaleza y con espíritu rebelde, salen a escena con el impulso por narrar su experiencia.

La llamada generación de la Onda fue un fenómeno nuevo y significativo para México y el primero de su tipo en Latinoamérica. Fue inédito observar a escritores jóvenes de clase media que utilizaban su lenguaje y narraban sus espacios, desafiando a las convenciones artísticas y culturales de la nación.

Utilizaban el lenguaje coloquial como pretexto para jugar y experimentar con todas las posibilidades que este les concedía, de igual forma supieron combinar elementos de la llamada alta cultura y de la enorme cultura de masas,  referencias a realidades extratextuales compartidas, experiencias y situaciones  reconocibles para su generación.

Tachados de híbridos, la pretensión de estos escritores fue subvertir las formas tradicionales del relato.

De ellos destacan tres: Parménides García Saldaña, José Agustín y Gustavo Sainz. Es de este último a quien se le dedican las siguientes líneas. Este, el segundo ondero que se nos va, autor de Gazapo, Obsesivos días circulares, La dama del palacio de hierro, entre otras obras.

No es apropiado pretender abordar Gazapo, su primer obra escrita, para intentar calificar el total de su producción. Sería injusto para los años de trabajo y las horas de escritura invertidas. Sin embargo, Gazapo es sin duda la novela que colocó a Sainz en la cima, pues la fórmula le funcionó: ser joven.

La intención de Gazapo era simple, llenar un vacío temático de la literatura mexicana, que la literatura se acercara a entender el universo de la juventud y que lo hiciera con esa actitud de experimentación y atrevimiento que caracteriza siempre a las nuevas generaciones.

La apuesta de Sainz fue un tiro ingenuo pero no despistado. En el año de 1965 por fin sale  Gazapo, obra que dividía opiniones pero que no dejaba a nadie sin un comentario: híbrido, malinchista, descuidado.

¿Qué poseía aquella novela que atrapaba a los lectores pero hacía chistar a los críticos?

Personajes y  lenguaje fueron los elementos que cautivaron a un público que se sentía identificado con Menelao y sus amigos, con su mundo y la forma en el que lo expresaban. “Gus Sainete…”, como dice Agustín, “… es experto en el habla coloquial… la maneja con precisión y la vuelve intensa materia literaria”.

A su vez, la voz narradora, que transita del relato de un presente por una voz en primera persona que parece no estar segura de muchos eventos y prefiere suponer, hacia los escritos del diario de unos de los personajes femeninos, o hacia las grabaciones del personaje principal, rompió con los modelos de narración nacionales.

En Gazapo, el acto de narrar se convierte en uno de los acontecimientos del relato, pues Sainz logra componer una fábula que se desconstruye y se autocontradice, dependiendo de quién o a través de qué se cuenten los hechos.

José Agustín diría que  “Lo que ocurre siempre es muy relativo… es una versión que después alguien cuenta de otra manera; o se trata de grabaciones o diarios hechos por Menelao, Gisela o alguno de los metiches personajes; si no, se trata de una narración de cuarta o quíntuple generación…”

Para el momento de la publicación de su primera obra, Gustavo Sainz ya poseía una capacidad intelectual y narradora espectacular, conocía las diferentes formas de hacer relato y por eso se dio facilidades para romperlas. Fueron sus lecturas las que le otorgaron esta herramienta: Ernest Hemingway, William Faulkner, Norman Mailer, Truman Capote, Hans Magnus Enzensberger y muchos más, entre ellos Simone Weil.

Sainz siguió perfeccionando su técnica de narración y la forma de abordar el lenguaje cotidiano, urbano y popular para llevarlos hacia otros lugares. Sin embargo, entre Gazapo y Obsesivos días circulares se observa una intención de maduración de objetivos y de experiencias.

El éxito y la confianza como escritor no hubieran sido posibles, dice Sainz en una entrevista a Elena Poniatowska, sino hubiera sido por la recepción que Gazapo tuvo en naciones extranjeras: dos editoriales francesas, Calman Levy-Flammarion y Lafont, se disputaron los derechos de Gazapo y la Twentieth Century Fox quiso filmarla, después de que la publicara la misma editorial de Pablo Neruda y Carlos Fuentes en Estados Unidos.

Conocía el medio y sabía cómo darse empujones publicitarios. Asistió a programas de radio y televisión para presentar su obra y nunca tuvo miedo a la publicidad ni a presentarse como escritor.

Gustavo decidió salir del país luego de que el gobierno mexicano se sintiera aludido en un supuesto párrafo ofensivo. Pocas veces volvió a México tras emigrar a E.U. Aunque intentó seguir teniendo el impacto que tuvo Gazapo y sus obras posteriores, no lo logró.

Dice Avilés Fabila que su alejamiento de México lo hizo menos popular de lo que fue cuando publicó Gazapo. “A menos que se tenga, como Fuentes, un gran talento literario y un amplio sentido publicitario, en México funciona el refrán de que santo que no es visto no es adorado”.

Es por esto que Sainz murió sin el cobijo del público nacional, sus obras escritas del otro lado de la baya no han recibido atención especial y su figura en el panorama literario ha quedado reducido a únicamente a tres obras. De no ser por el anuncio de un medio estadounidense, la noticia no hubiera llegado a México.

Aún mejor que estas palabras, la forma de recordar a Sainz es leyendo su obra y acercarse a sus textos. Por eso, termino invitándolos a la lectura de la obra de Gustavo Sainz que se realizará el próximo lunes 17 de agosto al punto de las 8.30 PM, en La Casa del Archivo Histórico del Municipio de Colima (Independencia #79, centro).

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