Impunidad y violencia política

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Sexenio tras sexenio en México se acumulan tragedias adjudicadas al Estado, al Régimen o al Sistema; los culpables jamás tienen nombre, desconocemos con precisión las causas y motivos de una larga lista de muertes, desapariciones y privaciones que nos pueden remitir a 1968, a la guardería ABC, a Ayotzinapa, al News Divine, Aguas Blancas, Acteal, Tlatlaya, Apatzingán u Ostula.

Los medios de comunicación repiten como mantra la desconfianza generalizada de la ciudadanía hacia los partidos, los representantes populares y las instituciones de gobierno. Cada día se nos ofrecen nuevas pruebas de ineficiencia, escándalos y descalificaciones que terminan de robustecer una multitud desanimada que parece tolerar todo, frente a otra multitud que parece no encontrar la forma de ejercer su derecho a ser ciudadano.

Pero no hay un vacío de poder en México, lo que pasa es que estamos frente a un Estado tan corrompido que su fuerza de presión ha terminado por romper las estructuras más elementales del orden público derivadas de la confianza. Se ha instaurado un paradójico estado de seguridad donde la constante para los habitantes es una sensación permanente de amenaza, y esta puede provenir de cualquier frente.

En medio de la explotación, el olvido y la codicia, en muchas regiones de México (sobre todo aquellas en la franja occidental Chiapas-Michoacán) la población ha generado estructuras de organización impulsadas por un elemental sentido de supervivencia, por la preservación mínimas condiciones de vida civil, ahí está el México bronco.

En el municipio de Aquila se formó una amalgana de policías comunitarias y grupos de autodefensas que cerró el paso a las prácticas de extorsión del crimen organizado en una franja de la costa michoacana. Este grupo pactó su coexistencia con las fuerzas del Estado, e incluso, en el municipio de Aquila una fracción de los “autodefensas” se animó a experimentar una táctica electoral y convertirse en fuerza política.

Pero poco duró la iniciativa de reconstrucción, el frágil orden nuevamente se quebró en ese remolino de violencias que incluyen grupos criminales, corrupción estatal, autoritarismo e ineficiencia.

Hoy surge la duda de por qué el Ejército y la Marina realizaron un operativo para detener al comandante de la policía comunitaria de Aquila y de la guardia comunal de Ostula. Hoy se suma una tragedia más a la lista de oprobios del Estado pues es no solo es inadmisible que el Ejército haya enfrentado a tiros a pobladores que resistieron la embestida federal, sino que es motivo de rabia la muerte de un niño como saldo.

Como para encuadrar este episodio baste recordar el joven que hace meses murió por el disparo de un policía después de perseguirlo cuando lo encontró grafiteando una pared.

¿Nuevamente nos quedaremos escasos de diagnósticos y culpables como para seguir culpando al “sistema”? Seguramente sí, y la impunidad algún día será el error más pesado de las élites políticas, pues la espiral de violencia no conoce límites y puede llegar a destruirlo todo.

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