Si todos fuéramos como ella

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“Yo he preferido hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado”

– Silvio Rodríguez

La primera vez que la entrevisté me conmovió el espíritu. Era verdaderamente sorprendente saber que en Colima existiera una persona con tanta entrega y amor por la justicia y por la dignidad de su pueblo, del ser humano.

En aquel rincón llamado Zacualpan, que ahora es conocido por ser el hogar de personas combativas que aman la vida por sobre todas las cosas, vivió una de las mujeres más valientes que el mundo pudo tener, la señora del enorme corazón rebelde, digno, pero sobre todo amoroso.

Todas su fuerzas las entregó a la construcción de una esperanza con la que se pudiera edificar el mundo que en verdad merecemos. Fue tanta su entrega que al final no le quedaba la energía suficiente para librar su última batalla.

Así era ella, primero estaban los demás, primero era defender la dignidad de las personas frente a cínico poder gubernamental, primero era defender el agua de la que subsisten casi 300 mil personas, aunque nunca le agradecieran. Para ella, primero era nuestra vida, después la suya.

Con la frustración, culpa e impotencia en las manos, lamento no haber podido hacer más por ella cuando necesitaba de todos nosotros. Por su parte, ella nos regalo sus últimos golpes a pesar de que los necesitaba para sí misma.

En gran medida, le debemos la oportunidad que seguimos teniendo para defender nuestros recursos naturales, nuestra esperanza de futuro. Si algo nos enseñó con su ejemplo es el de no claudicar nunca.

Todos los que hacemos uso del agua en nuestras casas y que vivimos en la zona conurbada estamos en deuda con ella. Pero estoy seguro de que si leyera estas palabras, lo negaría para contestar con un: no están en deuda conmigo, sino con ustedes mismos.

Si cada uno de nosotros tuviéramos ese coraje, el mundo sería distinto, porque ella nos demostró que el ser humano vale, que tenemos algo muy en el fondo que nos hace sujetos increíbles y merecedores de este mundo. Nos dijo con su ejemplo que podemos ser algo más que simples individuos consumidores. Ella supo lo que era la humanidad y siempre actuó como tal.

Parte de los fundadores del Consejo Indígena por la Defensa del Territorio de Zacualpan, luchadora social, madre, abuela, mujer trabajadora, excelente ser humano, intachable, sonriente, valiente, afectiva, inteligente, de espíritu enorme, así era ella.

Nos ha dejado el camino bien marcado tras su marcha de gigante; lo mejor que podemos hacer es seguir su ejemplo con rabia y rebeldía para transformar la realidad.

A través de estas letras, quiero decirle lo que ya no pude cuando aun vivía:

Juro que su lucha no será en vano, juro que su nombre no será olvidado y juro por sobre todo, que por usted y por nosotros vamos a cambiar este pinche mundo.

Descanse en la morada de la lucha, la grandeza y la dignidad Epitacia Zamora.

Fotografía: Salvador Ochoa

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