Lo que la Universidad nos hace creer

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Leyendo noticias a la distancia, revisando lo que pasa en mi estado, en la que fuera mi casa de estudios, la Universidad de Colima, me encuentro con que los problemas siguen ahí, enquistados, estancados, vivos.

Todavía la prioridad de las autoridades universitarias y gubernamentales sigue siendo el proteger la «imagen», «estabilidad» y «autonomía». No se piensa, ni por asomo en el hecho de que la universidad no debe ser vista como un templo inmaculado, intocable, bendito; sino que debe ser garante del debate, centro de la discusión; la universidad debe ser cuestionada, señalada, tocada, debe ser puesta sobre la mesa una y otra vez, debe ser contrapeso social.

Estamos perdidos si creemos que es justo invertir la mayor parte del presupuesto en nómina, en proyectos políticos, en publicidad. La universidad sigue arrastrando los grilletes que le han puesto un grupo de poder, un grupo minúsculo, insignificante en la política nacional, pero sabedores de que son amos y señores de aquel estado.

Hoy todavía se chantajea a los estudiantes con apoyos y derechos que les corresponden por el solo hecho de serlo. Hoy todavía se les jinetea a los trabajadores sus sueldos, sus pensiones, sus derechos laborales, mientras uno que otro funcionario cobra más de 100 mil pesos en una universidad con vocación y «Responsabilidad Social». Hoy todavía se financian proyectos político-estudiantiles para manipular aquellos que si estudian, y servir a aquellos que hace tiempo ya no lo hacen.

Hoy todavía se les hace creer a los estudiantes que el enemigo está enfrente, en el aula, que el enemigo es el profesor, la secretaria, el conserje, que se entrega a su institución, que sueña con hacerla crecer, con transformarla. Hoy todavía se pregona que el cambio no es bienvenido, que no hay nada para transformar, que todo aquel que intente apostarle a algo distinto busca desestabilizar todo lo que se ha logrado.

¿Y qué se ha logrado?, más allá de ser una universidad meramente local, nada, nada fuera del estado, nada fuera de su corral.

Hoy todavía se les hace creer a los estudiantes que están en una universidad de clase mundial, que puntean en los rankings, que están para competirle a cualquier estudiante de cualquier institución. El golpe será duro después, cuando en otros estados o países se tome a manera de burla su título, cuando no se pueda hacer nada más allá de lo local, cuando se den cuenta que aquellos lugares y logros que les prometieron son inexistentes.

La universidad debe hacer mucho, debe dejar esos grilletes, debe rehusarse a cargar con intereses mezquinos, y aspirar así a ser puntera en el desarrollo científico, tecnológico y educativo del país, y ya no más la caja no tan chica de 1500 millones de pesos anuales para un pequeño grupo de personas que sienten que está les fue entregada por derecho divido, y que la autonomía, la famosa autonomía es la ley encarnada de ese derecho.

 

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