¿Qué hay detrás de la brutalidad policial?

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En Guanajuato, mujeres que se manifestaron pacíficamente contra el abuso sexual que sufrió una joven a manos de la policía municipal fueron agredidas, detenidas arbitrariamente y violentadas sexualmente por las autoridades que deberían garantizar su bienestar. En Ciudad de México, una riña entre policías y agentes de asuntos internos terminó con balazos entre ellos.

Hay un claro problema con nuestros cuerpos policiales. Estos abusos son las más nuevas adiciones a una vergonzosa lista de hechos que explican porque la ciudadanía no confía en las instituciones que existen para garantizar el orden social y la convivencia.

Pero, ¿Qué hace tan brutales a nuestras instituciones policiales? A pesar de la extendida noción de que los policías son “puercos irracionales y violentos”, creo que deberíamos ver la brutalidad policial como un coctel de problemas estructurales, que requieren de una intervención simultanea para terminar con las terribles violaciones a derechos humanos que hoy vemos. Situaciones negativas como la falta de vigilancia externa e independiente, la vulnerabilidad laboral, la falta de capacitación profesional, los deficientes marcos regulatorios, entre otras cosas, deben considerarse para entender porque estamos tan mal, y también para perfilar respuestas.

Primero, son brutales porque nadie los vigila. A falta de vigilancia externa e independiente, las investigaciones sobre abuso de autoridad, uso excesivo de la fuerza, y otros comportamientos graves por parte de policías se resuelven “en casa”, y eso lleva a la creación de redes de protección y complicidad que toleran los abusos cotidianos y responden reactivamente a los abusos que se convierten en crisis de relaciones públicas. Sin vigilancia externa e independiente, investigar violaciones a derechos humanos depende de la presión social y no del interés en garantizar mejores prácticas institucionales.

Segundo, son brutales porque trabajan en condiciones terribles. Imagina que tienes un trabajo cuyo riesgo ocupacional es morir en un tiroteo. Ahora imagina que también debes trabajar 70 horas a la semana; tienes que comprar tu propio material de trabajo; y recibir atención psicológica es menos probable que ganar un volado. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Estándares y Capacitación Profesional Policial 2017 de INEGI, ese es el ambiente laboral en el que le pedimos a alguien armado que interactúe con la ciudadanía para resolver conflictos vecinales, garantizar el orden durante protestas y atender a víctimas de delitos.

Tercero, son brutales porque no tienen la preparación adecuada para desempeñar sus tareas. Los indicadores del Modelo Óptimo de Función Policial muestran que no hay nada óptimo con nuestros policías. De acuerdo a la evaluación más reciente de Función Policial, el 72% de la fuerza policial no está capacitada en el uso legítimo de la fuerza, el 75% no está capacitado en atención a violencia de género y el 80% no está capacitado en atención a víctimas. Sin formación adecuada, el espacio para actuar fuera de la ley crece exponencialmente.

Cuarto, son brutales porque los marcos legales que rigen su actuación tampoco son muy adecuados. Aunque la Ley Nacional de Uso de la Fuerza habla de criterios de proporcionalidad, su diseño no permite mesurar el uso de la fuerza porque no regula el tipo de fuerza utilizada, sino el tipo de instrumentos utilizados. La diferencia no es menor, porque dependiendo del contexto cualquier instrumento puede ser utilizado con fines letales. En la práctica, no existen criterios útiles para adecuar el uso de la fuerza a las situaciones que enfrentan los policías, por lo que tenemos una licencia para portar instrumentos que, en manos poco capacitadas, sumergidas en un ambiente laboral tóxico y sin mecanismos adecuados de rendición de cuentas, serán utilizadas mal.

Quisiera que hubiera una respuesta simple al coctel de la brutalidad policial, pero debe haber muchos factores que hayan escapado a este análisis, y además el problema está sazonado por otras fallas estructurales mexicanas, como la corrupción sistémica, la falta de tomadores de decisiones profesionales, y la ausencia de voluntad política para construir soluciones a largo plazo. Las soluciones que necesitamos para estás marañas de terribles complejidades son igualmente complejas, requieren mucho bagaje técnico e inclusión de nuestras comunidades.

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