Los gritos sobre la marcha

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“¡Ahí vienen los venezolanos a vandalizar!”, gritaron los que, sin la mínima compresión de lo que sucede en Venezuela, no tuvieron reparo en utilizar a su favor las dificultades que vive ese pueblo para infundir miedo.

“¡Ahí viene Vladimir Parra y todos sus secuaces pagados por él para causar alboroto!”, gritaron a través de cadenas de Whatsapp y pseudo periodistas de Facebook los bots de la oficina de comunicación de Gobierno del Estado, justo esos que reciben dinero por difamar.

“¡Fue una marcha fallida!”, gritaron en sus columnas de opinión (¿o de consigna?) los dizque intelectuales universitarios que desde sus sillones bien acolchados esperan el próximo depósito bancario del rector y el gobernador.

Y mientras tanto, Colima se sigue hundiendo en el hoyo de la violencia que ha tocado de una de las maneras más atroces incluso al propio Poder Legislativo con el secuestro y el asesinato de la diputada Anel Bueno.

Por eso, a pesar de toda la guerra sucia desatada en medios oficiales y paginillas de internet de dos pesos, después de tres meses de confinamiento desmovilizador, cerca de 300 personas salimos a las calles este domingo para repudiar la estrategia de seguridad del Gobierno del Estado y exigir a los legisladores el juicio político a Nacho Peralta.

Aún con amenazas de reventadores y a pesar de que unas camionetas bloquearan el paso de las compañeras de Zacualpan cuando bajaban hacia Colima, las miembros de dicho Concejo Indígena, los familiares de las personas desaparecidas, los activistas del Frente en Defensa del Maíz, los militantes de la Coordinadora Socialista Revolucionaria y muchos más, dimos un ejemplo de organización y profesionalismo al no caer en las provocaciones ni en la desmovilización que pretendían los que se sienten incuestionables. Y al mismo tiempo, abrimos el pecho en una catarsis colectiva de toda la rabia que sentimos al ver cómo desaparecían y asesinaban a tantos mientras nos tenían encerrados en nuestra casa.

Este domingo gritamos fuerte, volvimos a la calles con paso firme y marcamos el recomienzo de una acción igual de estridente que nuestra indignación.

“¡Ahí vienen los gobernadores pendencieros!” gritaremos cuando los siete mandatarios estatales que juegan al “declaro la guerra” vuelvan a Colima para, entre otras cosas, usar las instalaciones universitarias como salón de reuniones entre amigos y gastarse miles de pesos en comida para todo su séquito.

“¡Ahí viene Nacho Peralta, Arnoldo Ochoa y todo su gabinete al servicio del crimen organizado!”, gritaremos sabiendo que usan la seguridad pública como servicio privado para empresarios y si escuchamos las declaraciones del gobernador que reconoce con cinismo que Colima es administrado por los cárteles y que “aquí no están los tomadores de decisiones”.

“¡Es un gobierno no solo fallido!” Un grito que, de tan cargado de realidad, no podría ser proferido ni por Rogelio Guedea ni por ningún “columnista” en la nómina de la Universidad-Gobierno del Estado, pero sí por los miles de colimenses hartos de no vivir ni felices ni seguros.

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