Gobernar la histeria

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#Encuesta ¿Estás de acuerdo o repruebas las acciones del Gobierno de México y del Gobierno de Colima contra el coronavirus?

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La intempestiva propagación del nuevo coronavirus ha puesto de relieve una de nuestras condiciones más básicas de funcionamiento social: la imitación. Aunque como especie pareciera que hemos logrado una evolución sorprendente, funcionamos de una forma relativamente básica y predecible. La psicología, la sociología y la neurociencia ofrecen amplias explicaciones sobre nuestra condición de seres tendientes a adoptar aquello que piensan o hacen las mayorías, aunque nuestro sentir sea distinto.

Ser altamente influenciables al entorno social no es necesariamente malo. Una de las claves de nuestra supervivencia ha sido la cooperación: aprendemos de los demás y podemos convivir sostenidamente gracias a la empatía. La imitación a veces puede ser peculiar y presuntuosa, por ejemplo, los vecinos de Santa Fe cantando el cielito lindo como si llevaran meses confinados a su suerte. En algunas ciudades de Latinoamérica donde ya se experimentan periodos de cuarentena obligatoria, la gente aplaude desde sus ventanas o balcones como en algunos países de Europa. Pero a diferencia de España o Italia, estos latinos no tienen semanas acumuladas de aislamiento, los hospitales no están desbordados ni los muertos se cuentan por miles.

Aunque estas prácticas pudieran parecernos ridículas, quizás ayuden a generar algún lazo de solidaridad o empujen a mucha gente a tener un comportamiento que de otra forma no tendría, como quedarse en casa, mantener distancia de los demás o lavarse las manos siete veces al día. Pero en ocasiones la imitación tiene consecuencias negativas. En la Edad Media ser portador de una enfermedad infecciosa te destinaba a la persecución social, y de ninguna manera es un escenario lejano a nuestras prácticas actuales, donde la discriminación por motivos de género o raza sigue siendo poderosa.

El principio de imitación opera más o menos así: si muchas personas piensan o actúan de manera similar, sus actos me dan información sobre lo que más me conviene hacer o pensar, y si me preocupa lo que piensen de mí, entonces tenderé a imitarlos para ganar aceptación o evitar su desprecio. En ese marco quedarme en casa no es solo una ética que asumo de forma personal, sino también una forma de ajustarme a las preferencias colectivas.

¿Y qué pasa con los gobernantes? Los mecanismos de imitación son de especial cuidado cuando influyen en las decisiones de quienes tienen una posición de poder, pues las ansias de satisfacer deseos masivos pueden resultar contraproducentes. Pensemos en Jalisco y la cuarentena de cinco días decretada por el gobernador del Estado. Tal periodo de tiempo es inútil para contener la propagación de Covid-19, pero Alfaro lo presenta como un acto de responsabilidad y mucha gente se lo reconoce. En Hidalgo, con cero casos detectados de infección, Fayad puso en marcha una “operación escudo” que incluye el montaje de un hospital inflable equipado con camas, marcapasos y hasta ambulancias especiales, todo con el fin de no contaminar la red hospitalaria.

Medidas como las de Fayad o las de Alfaro son muy efectivas a nivel político, pero poco más que inútiles en la contingencia sanitaria que se proyecta. Extrañamente, el presidente de la República ha tomado una actitud a contramano de lo que parece ser el clamor popular imperante, y muchos alcaldes y gobernadores han salido a proyectar liderazgo en ese vacío. Un fuerte sector de la opinión pública demanda cerrar fronteras, bloquear ciudades, confinar a la gente en sus casas y por poco, instaurar patrullajes de policías envueltos en trajes radioactivos. La oportunidad está servida: saciar la histeria colectiva puede ser altamente redituable.

El problema es que una crisis de largo plazo no se resuelve activando de forma inercial políticas estridentes. La eficacia del Estado se mide por su capacidad de implementar sus decisiones a través del territorio, pero eso depende no solo de la fuerza sino también de la legitimidad, la persuasión y la confianza. Las consecuencias psicosociales y económicas de una amenaza colectiva, sumado a largos periodos de confinamiento y la suspensión de actividades sociales, pueden ser inmanejables para quienes hoy se muestran como sheriffs sanitarios.

Un acto de exposición de capacidades de gobierno puede derivar en una situación de ingobernabilidad. Justo cuando se necesita mesura y coordinación entre los distintos ámbitos de gobierno para planificar e implementar medidas para contener un escenario de largo aliento, lo que parece imponerse es una carrera por ver quién implementa las acciones más estruendosas. Aunque parezca lo contrario, no existen consensos y lecciones aprendidas para prevenir los estragos de la expansión del coronavirus. No hay técnica infalible ni receta a aplicar sin planificación y coordinación política.

Me es inevitable recurrir a un símil burdo. En un escenario de calentura social, Poncio Pilatos prefirió lavarse las manos. Hoy muchos firmarían la sentencia de Jesús.

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Investigador y analista político. Maestro en Ciencias Políticas por la FLACSO Ecuador. Cursa el Doctorado en Investigación en Ciencias Sociales en la FLACSO México.