Los combates por la ciudad

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La consulta ciudadana realizada en el Distrito Federal para decidir el destino del Corredor Cultual Chapultepec, expresó una mayoría que rechazó este polémico proyecto enmarcado en una concesión de la Avenida Chapultepec por 40 años para una asociación entre la Agencia de Promoción, Inversión y Desarrollo para la Ciudad de México (ProCDMX) y un consorcio empresarial.

Más allá del caos vial y la deteriorada estética urbana que caracterizan al D.F. y a casi todas las principales ciudades del país, el proyecto del corredor cultural ha sido un caso más en donde la mala planeación, la ausencia de perfiles profesionales y la corrupción, se vuelven los motores del desarrollo.

Los conflictos derivados de proyectos de desarrollo y modificación territorial vienen marcando tendencia desde hace algún tiempo y aparecen con lógicas muy distintas a las que las formas tradicionales de hacer política pueden capturar. En el 2006 se suscitó un hermoso episodio en Cuernavaca donde vecinos de una exclusiva zona residencial junto con trabajadores de la construcción, ambientalistas e integrantes de la caravana zapatista de la otra campaña, se enfrentaron a granaderos, policía montada y funcionarios del gobierno municipal para evitar la destrucción de la barranca de Los Sauces.

Son raros los casos donde la organización, la comunicación y la presión social logran instituir prácticas como la consulta por el corredor Chapultepec. La constante es la imposición de una lógica autoritaria de funcionarios públicos que pueden derivar en escaladas de conflicto tan lamentables como San Salvador Atenco, en polarizaciones multitudinarias como Wirikuta, en episodios a veces exitosos y a veces no tanto de protesta social estilizada, romantizada y espectacularizada.

Veamos el caso de Colima; el trazo del nuevo tren de Manzanillo fue planificado en medio de irregularidades legales y administrativas, advertencias de expertos y protestas ciudadanas que llegaron al grado de parar el tránsito de la carga portuaria. En la lista podemos sumar a Zacualpan, el caso de la iglesia en Lomas Verdes y diversos episodios de vecinos que denuncian cambios de uso de suelo para sustituir espacios verdes por centros comerciales, iglesias o la construcción de gasolineras.

El modelo de desarrollo territorial cada día demuestra de manera más poderosa su fracaso, las calles se inundan, la segregación urbana crece, los accidentes viales aumentan y la gente no vive mejor. Curiosamente nada de esto se incorpora en las plataformas electorales, las promesas de campaña y mucho menos en los gobiernos, porque para ello se necesitarían verdaderos ejercicios de participación social, democratización de la planificación del territorio y profesionalización de los mecanismos de toma de decisiones. Y en este cuadro la corrupción y los negocios al amparo de las obras públicas simplemente no caben.

Pero la imposibilidad lógica de las élites políticas no anula la tendencia. Estoy más deseoso que seguro, pero en  los próximos años asistiremos a un fuerte proceso de cambios políticos impulsados desde las relaciones de la ciudadanía con el territorio. Las conclusiones son por ahora indecibles, pero indudablemente caminamos al combate por la ciudad.

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