¿Por qué no centros culturales independientes en Colima?

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Por: Alfreedoom

Analizaba Jünger Habermas que la ideología se mete como la humedad hasta en los lugares más insospechados. Y es ahí, donde habitualmente no buscamos, el génesis del crecimiento del poderío burgués dirigido (en México) a deshabilitar movimientos de revolución intelectual. Veamos entonces por qué no podemos confiar plenamente en Centros Culturales que se autonombran independientes cuando sus directores, casi siempre jóvenes, se arrastran por las becas y subsidios estatales.

Así que, de entrada, descartemos a Puerta Abierta Editores (de Colima) como una editorial independiente cuando todos vimos, hace pocos años, que estrechaba manos y piernas con el secretario de cultura Rubén Anguiano en el Teatro Hidalgo. ¿En dónde radica, pues, su independencia? Por más que digan que es una relación freelance, es en esos pábulos en donde se desarrolla la ideología del Estado.

Aclaremos esto: la ideología se alimenta de sus alcances, entonces si le abres la puerta, entra y te hurta sin empacho. Otra manera más velada de meterse en tu vida es haciéndote creer que si le dejas poner su puesto afuera de tu casa (en días de mercado, por ejemplo) ganarás un porcentaje de la ganancia total. Lo inadecuado en ambos casos es que al controlar la técnica, es decir, los modos de operar, te estará condicionando (haya o no contrato) y moldeando para su legitimación. No es lo mismo abrir un centro cultural independiente que pedir ayuda al gobierno para promocionarlo como tal.

Claro, no hace falta un fundamentalista fanático (como los mártires musulmanes que perpetraron sangre en Francia hace unos días) que me cuente, entre lloriqueos, lo difícil que es ejercer la actividad artística sin dinero en los bolsillos. Pero hay que decirle a estos llorosos que no serán un caso aislado. Nada más brincando de ciudad en ciudad, nos encontramos buenos centros culturales, de Guadalajara a México, que nacen y mueren todos los días, que cada artista lleva una vida laboral como todos nosotros, pero que se esfuerza por hacer lo que gusta siempre que se pueda. Algún día, por cierto, a este artista, si vale la pena, se le reconocerá y esas becas estatales no serán en vano como en vano parecen que son la mayoría de becarios de Colima, que se venden y se compran entre ellos mismos, que chillan más fuerte porque su obra ha caído (qué bueno) en un bazar abandonado.

Estos centros culturales en Colima, además de no ser independientes, se vanaglorian a veces de convocar a marchas en apoyo a los crueles eventos que han acontecido. Ingenuos, no saben que por su propia boca mueren (o si lo saben y por eso agregan más puntos a su personalidad indeseable) ante cualquier mirada crítica y que por eso mismo los desmenuzamos en estos breves escritos porque representan el hormiguero de pensadores parásitos, de bocas que no sostienen ni quiera la palabra “tormento” y ya andan por ahí diciendo que hacen poesía. Ellos saben o no lo saben, he ahí la cuestión. Y si no, pues les decimos.

Convocan estos centros, conformado por un séquito gracioso de poetas, a las marchas en pro del 2 de octubre y en pro, ahora, de Ayotzinapa. ¿Ahora vemos lo patético del asunto? Habrá que dejar de gritar un “2 de octubre no se olvida”, porque el Estado mexicano ha logrado que con esa libertad de expresión legitime su grado de alcance y de supuesto regocijo a “los jóvenes inconformes”. Hay otro y muchos hechos que hoy (desde el 2014) aclaman ser atendidos por la conciencia intelectual y juvenil mexicana (¿pero en dónde andan ellos?), que necesitan mucha tozudez reflexiva antes de gritar cualquier cosa fácil. Evitemos, esos sí, esperar hasta mañana para las conmemoraciones en las que casi siempre volverá el Estado a legitimar su poderío.

El Estado mexicano reverbera, no sólo en los centros culturales, sino también en las aulas de clases. Por más que las universidades se proclamen libres, hay un dejo de “Institución” y por lo tanto de dirección intelectual y moral a la que los estudiantes, por más que se proclamen rebeldes, se sujetan y responden. En los últimos días hemos visto cómo, una vez más, las Universidades y los Estados se hermanan o se pelean.

La Universidad debe representar lo que en sus inicios representaba: un tránsito pasajero, un momento que haría al estudiante un mejor artesano de la vida que se entrega y promueve, en lugar de competencias, una armonía en la sociedad. La vida necesita explicarse por la vida misma, ¿cómo entonces encontrar satisfacciones auténticas en instituciones?

Los centros culturales subsidiados por el Estado, simplemente no pueden responder con un análisis crítico sobre el caso de Ayotzinapa, por ejemplo. Su falsa independencia, de raíz en la ideología, los permea del sopor irreflexivo, incapaz, rebasado por los problemas reales y concretos que suceden en la sociedad y de la que mucho tienen que ver ellos como cómplices adjuntos de las masacres estatales. Hay que atender lo que nos han pedido los verdaderos teóricos culturales, no Juan Villoro ni Carmen Aristegui, porque una cosa es el periodismo sincero (lo que se agradece) así como un presentimiento vago de para dónde van las cosas. Hay que notar que quien estaba mejor dispuesto a hacer teoría de la praxis (pasando por Adolfo Sánchez Vázquez) era precisamente el padre de Villoro, es decir, el filósofo Luis Villoro al que al parecer no le hacen caso los “estudiosos” por su temible visión crítica de lo que es en verdad ser filósofo: “no mostrarse en contra de la ideología, sino deshebrarla hasta la médula”. Así que, no podemos luchar desde nuestras mesabancos en la escuela; es necesario hacerlo desde la mesa sobre la que se sirve comida, todos los días o cada vez que haya, en cada una de nuestras familias.

Los hechos sociales no son discernibles como cosas aisladas. Es necesario un criterio real antes de hacer cualquier movimiento en respuesta a los hechos que acontecen. En la prensa o en la televisión y la radio, existen los detestables intelectuales orgánicos que tienen como función, incluso, mostrarse inconformes, pero ofuscar en todo momento el sentido de los hechos. ¿Quién le cree a Roger Bartra ahora que ha recibido un premio de manos de Peña Nieto? No basta con gritar “Recriminamos”, “No unimos”, pues existen también demasiadas instituciones grandes o pequeñas, culturales o políticas, que saben guardar silencio con esas frases, pues es su manera de lavarse las manos. ¿Nos hemos puesto a reflexionar si el lugar donde participamos (un círculo o espacio “cultural”) se encuentra en pleno auge de legitimar la violencia del Estado aunque supuestamente nada opine ni haga al respecto?

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