¿Por qué no fotógrafos jóvenes y vouyeristas en Colima?

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Por: Alfreedoom

La fotografía es un arte y aquí caben también las aficiones del capitalismo. Desde que se vio al arte como mercado en el siglo XIX, o incluso antes, la fotografía en pleno siglo XX dejó de ser artesanal para pasar a manos de los medios industriales. El fotógrafo moderno es, entonces, una persona cualquiera con cámara en mano. Esto es, en evidencia, ideología, es decir, ideas falsas segregadas a la sociedad por la hegemonía (el Estado en nuestro contexto).

Los concursos de fotografía convocados por la Secretaría de Cultura de Colima (pongamos este ejemplo) han dado un vuelo de contradicciones por el bajo criterio que motivan. Es evidente que, tratándose y más bien tomándose como una actividad creativa, la Secretaría invite a votar por “los tesoros de Colima”. Las fotografías ganadoras en 2014 fueron una vuelta de estómago para quienes tuvieron que decir, muy a su pesar, “está muy bien que hayas ganado aunque haya sido con la fotografía que le dice SÍ a las fiestas charrotaurinas de Villa de Álvarez”.

Aunque los autores de las fotografías no fueran malintencionados, o lo que se dice malas personas, claro es que legitimaron al Estado con su participación en el concurso. Y al legitimarlo digo que se da un visto bueno a su corrupción, solapamiento y violencia al pueblo por el poder judicial. Muéstrale al Estado que no estás de acuerdo y te exiliarán al instante, ¿acaso sus trabajadores no son insuflados por cierto estímulo ideológico en el que el dinero hace que baile el perro?, ¿o acaso no le conviene al Estado mantener un sopor mental entre sus aguerridos burócratas? No todos, me parece, caben en esta descripción, pero hasta el más rebelde institucional recibe bonificaciones a cambio.

El problema concreto no es si estamos o no de acuerdo con los eventos que hacen fiesta a partir del sacrificio público de animales; el problema real e inmediato es no darse cuenta de que una actividad creativa y sana, al relacionarse con el Estado, se contamina a precio bajo con instituciones que actualmente tienen mucho qué rendir cuentas: la Secretaría de Cultura o la Universidad de Colima.  El Estado desarmó el trabajo, digamos, creativo (lo que no asegura calidad), de los ganadores del concurso fotográfico “Tesoros de Colima 2014”, pero habrá que preguntarle a los ganadores si se sienten orgullosos de estarlo con la conciencia de que legitiman al Estado represor. Si su respuesta es “Sí”, ni modo, esta persona no tiene nada que hacer aquí leyendo cosas sobre liberación concreta; pero si la respuesta es “No”, puede redimirse de su acto. A los detractores les decimos: si ¡por Belcebú! nuestro trabajo intelectual ha sido usado por la nefasta ideología, habrá que saber abjurar, retractarnos cuanto antes, como lo supo hacer el genial Pasolini en su tiempo.

En el mismo concurso hubo quienes enviaron fotografías de personas en pobreza o simplemente en nivel socioeconómico bajo. Recuerdo sólo unas cuantas, por suerte, para no recordarlas más. La cuestión es por qué, preguntamos, la necesidad de participar como indeseable vouyerista social bajo la etiqueta de un “Tesoro de Colima”; no dudo, sin embargo, que estos concursantes hayan sido tan ingenuos respecto a la esperanza graciosa de producir efecto estético por medio de lo que, llamaría Hermann Bellinghausen, es “pornografía de la pobreza”.

He tratado de hacerme la idea, soñar diferente con este tema, pero la realidad es otra y se incrusta como pesadilla diurna: en Colima hay muchos, muchísimos, fotógrafos autonombrados ‘especialistas’ en trabajar a través de la pornografía de la pobreza. Hay otros que lo toman como hobbie y entre sus álbumes de selfies existe una que otra “Mirada a la realidad que nos rodea ; (”. Bagatelas.

Ese tipo de fotografías indeseables “con impacto estético” toman la realidad como una realidad fetiche y no lo hacen desde una perspectiva, al menos, documental. Se me podría objetar diciéndome que muchas fotografías han pasado a la historia (ganadoras del Pulitzer) por la crueldad humana que, imprevistamente, alguien captó y documentó con una lente. Así es, pero ese valor de trascendente fue posterior. ¿Qué fotógrafo de la vida cotidiana sale a la calle buscando ya la forma del niño pordiosero (como periodistas amarillistas que antes de entrevistar al personaje ya tienen el título de su nota) y, por consiguiente, no buscan sino indicios forzados de su fetichismo oculto?

La tendencia de fotografiar la pobreza sin ningún criterio, es decir, que vaya solo el acto de presionar el disparador de la cámara, es una de las actividades conscientes que en pleno siglo XXI cosifican al Otro, en lugar de acercarse y comprenderlo. En su cosificación responden a la necesidad del Estado por homogeneizar al pueblo, tan-tán. Acto, pues, irresponsable de los cosificadores. ¿Cuántos no han cerrado la boca cuando se descubre el reverso fiel de las cosas? Tan sencillo que es poner en la lengua frases moralistas bajo las imágenes vouyeristas, llenas de aciaga compasión cristiano-católico y nada de verdadera crítica y comprensión cultural. Ellos son más de fotos (así, foto a secas, sin el sufijo de “graphia” que significa la artesanía de la grabación).

Cuando vi la película La vida extraordinaria de Walter Mitty (un remake de otra en 1947) me pareció una payasada interceptada por la cursilería de los sueños débiles de un hombre débil, con puentes de vanidad sobre panorámicas del mundo. Noté que, curiosamente, había muchos tonos rojos en varias escenas, los cuales respondían a la magia de dejar grabado en el espectador el logo de la revista “LIFE”. Aunque LIFE representó en el pasado el auge de la fotografía memorial, esta biografía velada de la revista fue un intento, nostalgia reprimida, de regresar a la esencia de sus albores. Sin embargo, cometió otro gran atropello: la fotografía que inspira al protagonista a viajar por el mundo no fue publicada originalmente por LIFE (quien no lo dijo) sino por National Geographic (quien hizo una simpática declaración al respecto). De hecho, el autor de la fotografía no estaba enterado de que habían hecho una película, y desde un lugar retirado del mundo con su familia respondería con indiferencia (versus mercado y dinero) como lo haría el verdadero don Segundo Ramírez Sombra ante la simplería del retrato que hizo Ricardo Güiraldes acerca de los gauchos.

Después de sentirme estafado por el cine, pagué otro boleto para ver la gran aventura de unas hormigas (clasificación AA) que, afanosas, transportaban el gran tesoro de terrones de azúcar hasta su morada. Supongo que así son las cosas, ¿por qué esta versión humanizada de las hormigas me deja más transgredido que la otra película de la que se habló mucho? No cabe duda que las herramientas no hacen al artesano, pues con más producción (y publicidad) se echa a perder más tiempo y público que con ciertas breves, sinceras, películas independientes. ¿Si cuesta mucho dinero una cámara fotográfica de marca reconocida, por qué si siendo mal fotógrafo (y el presente le niega ese arte) no se opta por conseguir otros bienes aunque sean inmateriales?

La aventura atómica de las hormigas enseña a observar la inmensidad de las cosas pequeñas para poder salir a lo grande, igualmente vasto que lo pequeño. Los novicios, estudiantes, en la fotografía, antes de descarrilarse apremiantes por subir al Monte Everest y fotografiar una bruma sin sentido, deberían mucho antes saber fotografiar la bruma que se planta a veces en plena ciudad de Colima. Del mismo modo, antes de fotografiar un árbol (¡ya no las raíces que son inmensas a su modo!) saber fotografiar las hojas de cada rama. Por supuesto, quien logre poner un sueño sincero sobre una hoja única sobrevivirá más en la memoria que cientos de imágenes comunes.

Entre los jóvenes fotógrafos de Colima, por lo general, apenas consiguen una imagen decente por cada noventa tomas, es decir: rescataría esa imagen (y por única no la olvido ni olvido quién la tomó) de toda la basura que se arremolina alrededor de las que sí valen la pena. Hay jóvenes fotógrafos (¿pero serán realmente?) que ya les perdí la pista porque en definitiva mostraron que lo suyo no es trascender. Modos de identificar a estos juguetitos del arte enumeramos: a) porque no son fotógrafos y nunca sabrán ni siquiera fotografiar la oscuridad, b) porque ponen marcas de agua con su © de Culillo seguido de su nombre, c) porque estropean el sueño posible del espectador con filtros decorativos y porque, efectivamente, ponen su marca de agua en todas partes de la frívola imagen. ¿Acaso se cobra por ver (no publicar) una fotografía? Ahí se ve un ego herido en sus falsos copyright; parece todavía peor que alguien cobre por fotografías “sublimes” de la pobreza.

Ese tipo de fotógrafos en Colima escupen las fotos y entre ellos mismos, colegas, se nombran las flemas. Los jóvenes perdidos aprenden equivocadamente de “mayores” inadecuados. No todos, no siempre, por supuesto, pero hay nombres y contexto: Colima, 2015.

 

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