¿Por qué no Lila Downs en el Jardín Libertad de Colima?

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Por Alfreedoom

Al inicio de este año, la Secretaría de Cultura de Colima hizo su macabra jugada al presentar a Celso Piña desde una fanfarria institucional. ¿No es como pedirle al Che Guevara que se mantuviera en reposo después de la revolución de Cuba? Pero acá en México, si José Revueltas reviviera se volvería a morir de un coraje al ver tantos homenajes institucionalizados en su nombre. Pero ¿quién ha dicho “institución”?

Si respiramos bien a Gramsci, una institución representa dirección intelectual y moral y, muchas veces, si desea amistad con el Estado, entregará sus mejores cosechas para hacerse compadres. Pero ojo, lo de intelectual es sólo condición. A estos intelectuales los conocemos como “intelectuales orgánicos” porque su efectividad consiste en hacer valer las acciones de la institución y difundir, aunque no lo sepan, una moral que diga qué es bueno y qué es malo.

Esta moral sólo responde a sí misma. La moral del Estado une y condiciona a los “buenos civiles” y desplaza, naturalmente, a los desaliñados. ¿Qué de inadecuado puede ver en la moral defendida por los intelectuales orgánicos? Nada más y nada menos que la aceptación de la realidad a cambio de su silencio. Pero no demos crédito total a estos pensadores, porque muchas veces no saben de qué manera al aceptar “estímulos artísticos” repercute en la economía de su familia que se parte el lomo trabajando en el campo. Ahora, bien, lo único que sería una bofetada es que el estímulo haya sido para nada, que su creación no represente nada que ponga a temblar los valores hasta ahora conocidos de la artística. He ahí, the trash.

Una empresa, para crecer su imperio, necesita intelectuales específicos. Estos intelectuales son maestros en el mercado, en los medios de producción y en la motivación del personal para elevar el rendimiento hasta las últimas consecuencias. Una Institución Cultural necesita intelectuales específicos: pintores, músicos, poetas, diseñadores, en fin, tener un cucarachero que legitimen lo “sublime” que otorga el Estado.

Una Institución de por sí, para existir, necesita estar en pro del Estado. Hace muchos años, en Europa, existieron (tal como ahora) cenáculos de artistas que peleaban, todos juntos tomados de la mano, por su estímulo gubernamental. Pocos de ellos pudieron justificar el pago, de entre ellos, por ejemplo, salió nada más un Benedetto Croce, y en Cuba, apenas un Lezama Lima.

He visto terribles ediciones de literatura colimense, espantosas servidumbres que ni dan ni critican, sólo aparentemente extienden su mano. ¿Qué ha hecho el artista por mí? Cuando quieren hablar de la pobreza, cosifican; cuando quieren alzar la voz, recuerdan que tienen dinero en el bolsillo del Estado, y mejor apagan y editan sus demandas. No veo por qué vanagloriarse 1) de ser artista en Colima, donde 11 de cada 10 personas lo son y 2) de ser artista rebeldoso, vanagloriarse que compusieron una poesía sublime a partir del dolor físico y real de los familiares y amistades de los normalistas de Ayotzinapa. ¿Qué me van a decir los intelectuales? Critican a Octavio Paz por la supuesta solemnidad, pero ninguno puede ser bueno para hacer acto de presencia y renunciar al Estado como lo hizo él con lo del 68. Ah, quizá teman que su literatura no los justifique.

En fin, haber traído a Celso Piña como telonero de una supuesta Capital de la Cultura provocó la decepción de muchas personas, inmiscuidas con la creación sincera de las artes, que podrían tener mejor influencia a nivel local. De manera que la gran contradicción de poner y presenciar ese evento “popular” fue más vista y falsa que el azúcar del océano.

Ahora con Francisco Céspedes en el Jardín Libertad de Colima, hace unas semanas, la Secretaría volvió a ensartarse a miles de personas con un evento que, como ya vimos, legitima al Estado (en su supuesta simpatía).

“Pero, Alfreedoom, me dicen, ten consideración de las personas que nada tienen que ver en esto, de las personas que vienen sólo a divertirse, ¿acaso no te gusta cómo canta Céspedes?”

Claro que sí, está bien Francisco Céspedes, pero no cae en los artistas invitados decidir si participar o no en un evento estatal. Los contratos a veces se hacen desde mucho tiempo atrás, pero hay que ver que Céspedes no canta a la revolución (a la revolución del amor sí, pero no a la de un país). Sólo pocos realmente músicos han rechazado premios en tiempos difíciles como los de hoy, muy a su pesar, por supuesto, pero su conciencia se lo agradecerá, igual que miles de familias que no tendrán que trabajar un minuto más en el campo y que, por un día, podrán irse más temprano a casa.

Exactly. La conciencia: quien no conozca estas intrincadas relaciones entre poder cultural y dominio podrá ir al próximo evento de Lila Dauns en el Jardín Libertad, y dormir tranquilo ésa y muchas noches más. Pero a los supuestos observadores de la cultura, ¿qué nos queda? Echarle ganas, no doblegar las manos. Todos sabemos que ese evento legitimará al Estado, la culpa no es de quienes asistirán ingenuamente (el trabajo intelectual no es de ellos), sino que quienes se dicen “contra el gobierno” asistan como prueba pública de que tuvieron una noche loca con el Estado. Luego, a veces, por no protegerse salen los preñados de becas.

Bien hacía separación Gramsci, no por saber coser una camisa eres costurero. Asimismo, no por tener intelectivo eres intelectual inmaculado.

“Vamos, Alfreedoom, es una noche, música, sabes bien que te gusta Lila Downs”.

Yo sé que me gusta, pero no por eso le daré el gusto al Estado (aunque éste ni siquiera me pele) de que me entregue así de fácil. Hay que ver cuál es el apellido de la Secretaría. Nombre completo: Secretaría de Cultura del Estado. ¿No es acaso el mismo Estado al que culpan de asesino en Guerrero?

Ya quiero ver a los “intelectuales” de Colima asistir al evento cuando se escondan entre mostachos y sombreros. Ah, bueno, pero me acordé que yo no iré. Mejor apliquemos dos fórmulas igual de válidas y vitales:

1) En mi pueblo le llaman prueba de fe: “¿Para qué gastar en ir a Vicente Fernández –así  dicen– cuando puedo ponerle al tocadiscos un póster de su cara e imaginar que canta en vivo?” Claro, no es lo mismo, pero es más barato y no se meten con el Estado.

2) Ese día del evento, mejor vayan con sus parejas a algún motelito de las afueras de la ciudad donde puedan confirmar su amor. O si sienten nostalgia, reserven una habitación en los hoteles que circundan el Jardín Principal; dejen la ventana abierta mientras hacen el amor para que entre la gloriosa interpretación de Downs.

Y así nadie se siente frustrado por no encontrar lugar ni por guardar silencio.

Abur, o como dicen en mi pueblo: ¿vas a salir de ahí o estás pelón?

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