Algo maravilloso pasa en Zacualpan y muchos colimenses ni siquiera lo saben

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Buenas noches, ¿qué cuesta el plato de pozole? No señor, aquí no vendemos la comida, tome lo que guste. Wow. Y no sólo hay pozole, sino tamales, tortilla de maíz negro, café y agua fresca. Te das la vuelta con tu comida y te alcanzan desesperadamente para darte tu limón y tu servilleta que habías olvidado. Mientras, atrás de ti, una danza prehispánica en vivo, se rinde ofrenda a los alimentos, a la Madre Tierra.

¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Por qué en las paredes de la plaza junto al quiosco se proyectan imágenes de la resistencia civil que ejercen estas personas que están a mi lado? ¿Por qué aparecen fotos gigantes de cercos en el congreso, de protestas contra las minas que contaminan, de los niños luchando y sus papás enseñando con el ejemplo? ¿Por qué todos sonríen? Veo a todos unidos, a todos conscientes, pues este tema se trata de la vida misma, ni más ni menos. Es invierno y por estos rumbos hace frío, pero se siente todo cálido.

Se rifan zapatos, prendas de vestir, libros, arte y juguetes, pero eso sí, sólo a cambio de que nos compartan historias de sus ancestros, leyendas antiguas y originales de la comunidad; también a cambio de que tú, niño, me digas por qué la mina es asesina, que tú, niño, me digas por qué el oro no compra vidas, que tú, niño, me digas por qué debemos cuidar el manantial de Zacualpan que es tu tierra, la de todos. Con esta dinámica todos ganamos.

No conozco más que a la mitad de mis compas -muchos de ellos realmente queridos y admirados- pero parece que los demás me conocen tan bien que me sonríen, desde señores ya mayores enseñando su dentadura chimuela hasta niños inocentes que presumen su boca embarrada de dulces. Ah, esos dulces, ¡cómo volaron al romperse las piñatas! Fueron tres: la primera se rompió a palazos y los dulces salieron volando; la segunda también a palazos y que los dulces vuelan; la tercera, ya sin palo, fue arrancada de la soga y de nuevo, los dulces volaron. La gente extraña-amigable me platica, me comparte sus cosas. Otros hasta me regalaron galletas. Pocas veces me llama hermano alguien que no conozco, pocas veces veo que todos, en verdad, son hermanos.

Ya contaron una historia del indio Alonso, ya proyectaron en la pared de la iglesia sus mejores frases; ya la otra pared se llenó de cartulinas con mensajes a colores en crayones, plumones y plastilina, hechas por los niños que se enseñan, jugando, a defender su territorio. Comienzan a sonar las campanas de la iglesia que ha sido adornada con luces multicolores. Algunos pocos policías se paran enfrente de la comisaría, según ellos, en de manera intimidatoria. Nadie los voltea a ver, y uno que otro que lo hace, les saca el dedo. Ellos no están con el pueblo, a pesar de ser pueblo.

Luego empieza la trova. Después comienza la música africana por un artista de Madagascar; él agradece y aplaude la organización ciudadana. Ya nos tocó hasta breves clases improvisadas de lenguas, y alguien nos enseña a decir ‘No A La Mina’ en inglés, francés, persa, iraníe y en otro idioma que ya no recuerdo. Enseguida escucho a un señor lamentarse porque los indígenas de Zacualpan, como él, no saben sus lenguas originales, y envidian al grupo de música guerrerense que canta en mixteco. Wow. Es el comienzo de algo grande, pienso yo, quizás comienza a cambiar el chip (o a volver al estado original después de que nos lo cambiaron sin pedirnos permiso, más bien).

Me presentan a los niños -no mayores de 10 años- que defendieron a un compa cuando la policía lo detuvo y lo secuestró. Ellos me platican -en secreto dicen, sin que le diga a nadie sus nombres- cómo es que agarraron mandarinas y limas para arrojarlas a la patrulla («patrulla» porque ni placas traía) y cómo en sus bicicletas fueron a avisar al pueblo pidiendo auxilio. Así de repente en la pista al lado de las bancas comienza el baile de cartoncito, todos aplauden, vamos a repetir cena, oh sí, rica cena, y vamos también a juntar la basura que quedó junto a la fuente donde se rompieron las piñatas.

Luego, vamos sentarnos, a observar y seguir observando. A escuchar la voz del maestro tripa que sale de las bocinas para amenizar la fiesta -si no le para la boca en un día normal, ¡menos con un micrófono en mano! – y vaya que lo hace bien. Mientras te das cuenta que el cielo ya es negro y no es más azul, que ya son las 11 P.M. y no más las 5 P.M., que es tiempo de irte aunque no quieras. Es tiempo de pensar y reflexionar, una vez más, que cosas grandes son posibles en lugares tan pequeños.

Algo maravilloso pasa en Zacualpan, Colima. Y muchos colimenses ni siquiera lo saben.

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